- 12.08.2025
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- Monumentos y descubrimientos
Jean Racine en Uzès : un joven parisino en tierras occitanas
En el mundo abierto y globalizado de hoy, ver a un visitante alemán, americano o japonés paseando por las estrechas calles deUzès ya no es una sorpresa. La ciudad acoge a viajeros de todos los horizontes, seducidos por sus fachadas rubias, sus mercados y su arte de vivir. Pero no siempre fue así.
En el siglo XVII, un parisino que llegaba a Uzès podía experimentar un verdadero choque cultural. Y cuando se trataba de un hombre de letras de 22 años, al que se le prometía una carrera que su familia consideraba incierta, la experiencia adquiría una dimensión aún más singular.
En 1661, Jean Racine aún no era el famoso dramaturgo que conocemos hoy. Su pluma se afilaba, pero sus allegados, profundamente apegados a los rigurosos ideales de los maestros jansenistas de Port-Royal, estaban preocupados. Temiendo que cediera a las seducciones de la vida literaria y social, le enviaron a Uzès a estudiar teología con su tío materno, Antoine Sconin, vicario general del obispado, con la esperanza de un futuro beneficio eclesiástico.


Esta estancia, que debía anclarle en una vida piadosa, fue en realidad una inmersión en una cultura a la vez cercana y profundamente diferente. En una animada carta a su amigo Jean de La Fontaine, Racine relata su viaje desde París, su llegada a la ciudad ducal y sus primeras impresiones.
Lo primero que menciona es el cambio de escenario lingüístico: nada más bajar del Ródano, se sintió "tan necesitado de un intérprete como un moscovita en París". A sus oídos, la lengua local suena como una mezcla de español e italiano, a la que intenta adaptarse recurriendo a sus conocimientos lingüísticos.
Luego está el cambio culinario: aquí se cocina con aceite de oliva en lugar de mantequilla. Un cambio que temía... pero que acabó adoptando, llegando a declarar que "no hay nada mejor".
Y luego, con la picardía de un joven en pleno descubrimiento, Racine constata también el cambio de costumbres: la deslumbrante belleza de las mujeres locales, la elegancia natural de sus vestidos, al tiempo que confiesa que le habían aconsejado desconfiar de ellas.
Uzès le parecía un lugar casi exótico: encaramado a su roca, rodeado de campiñas cubiertas de olivos que daban frutos aún amargos, bañado por una luz y un calor desconocidos a orillas del Sena.
A través de esta carta, vemos una doble perspectiva: la mirada divertida y curiosa de un joven parisino que descubre otra Francia, y la mirada retrospectiva que podemos hacer hoy de una época en la que la distancia cultural comenzaba en cuanto uno salía de su provincia natal.
Racine, que permaneció poco tiempo en Uzès antes de seguir su destino literario, tuvo allí una experiencia seminal: la de un puente entre dos mundos, entre la Île-de-France y la tierra occitana, entre la austeridad de Port-Royal y la soleada libertad del Midi.
